Más allá de “El grito”. El viaje expresivo de Edvard Munch

Situémonos en Loten, Noruega, donde nace una de las grandes figuras de la introspección y la plasmación de esta en el medio pictórico; esa inmersión en lo más profundo, oscuro y depravado del ser marcará la obra de Edvard Munch, siempre influenciada por sus vivencias cercanas al dolor y la angustia que le acompañó durante toda su vida.

Durante una niñez en la que experimentó la muerte de sus seres más queridos, se empezó a forjar una personalidad muy peculiar, marcado de por vida por estos acontecimientos y siendo la muerte uno de los temas recurrentes a lo largo de su obra. Sus recuerdos quedan reflejados en cuadros como “La niña enferma” en el que representa la agonía que sufrió su hermana antes de morir con quince años por una grave tuberculosis. Otro de los sucesos que marcó su vida fue la repentina muerte de su madre, la cual queda plasmada en su lienzo titulado “La madre muerta”, receptor este de toda la angustia vital que había provocado en Munch esta pérdida. La primera de las obras fue rechazada por la crítica tras su exposición en el salón de otoño de 1886, lo que creó en el artista gran insatisfacción.

La niña enferma (1885-86)
La madre muerta. (1899-1900) Edvard Munch – Museo Kunstshalle de Bremen

Comienza sus estudios universitarios en ingeniería, abandonándolos años más tarde para comenzar su verdadera vocación artística ligada a la pintura como medio de expresión, en su etapa de formación estuvo ligado a las enseñanzas del pintor naturalista Christian Krohg, además se tiene constancia de que los orígenes de su arte proceden de la tradición romántica de Friedrich en Alemania, William Blake en Inglaterra o Francisco de Goya en España. Convivió con las vanguardias en sus múltiples viajes a París destacando la influencia del puntillismo de Seraut que está presente en su autorretrato de 1909, donde aparece sentado en la clínica del doctor Jacobson, tratando de mejorar su estado psicológico que se había visto muy perjudicado a raíz de su tortuosa relación sentimental con Tulla Larsen, la cual intentó suicidarse sin éxito quedando al cuidado de instituciones psiquiátricas. Esto marcará su visión del amor, reconociendo en algunos documentos su obsesión por la esposa de su primo, Mellie Thaulow, de la que hablaremos posteriormente.

Autorretrato Munch (1909)

En París realiza exposiciones junto a impresionistas como Van Gogh y Cezanne que aportarán a la obra del artista noruego una capacidad de captación de la luz y los tonos muy personal, que ayuda a su habilidad a la hora de transmitir esa angustia vital que tienen sus lienzos, sin olvidar la influencia del simbolismo de Gauguin y de ese denominado arte primitivo que había conseguido hacer volar la imaginación de este artista francés, y que tuvo su repercusión en el resto de artistas de esta época incluyendo a nuestro joven Edvard Munch.

Se considera de forma acertada que Munch es el antecedente directo del movimiento conocido como expresionismo alemán ya que compartió lugar de exposición con los integrantes del grupo “Die Bruke” en Dresde, situándose a la cabeza de esta vanguardia, que basaba sus postulados en el concepto filosófico del “superhombre” de Nietsche y en las teorías del psicoanálisis de Sigmund Freud. Este expresionismo creció junto con la capacidad de representar el sufrimiento humano, el amor, la muerte y la soledad que tenía el artista noruego.

A partir del año 1892, el artista comienza a frecuentar el famoso café de la calle Karl Johan donde coincide con un grupo de artistas que se autodefinen como pintores de “Avant-garde” o de Vanguardia, los cuales ponían sus esfuerzos en construir un mundo mejor por medio de sus pinturas. Tras un tiempo de estudio de estos ambientes intelectuales del Oslo de finales del siglo XIX, Munch pinta dos obras en las que realiza un minucioso estudio psicológico de los personajes que retrata, tomando como modelo a estos integrantes de la jet set intelectual noruega.

La primera de estas obras, titulada “atardecer en la calle Karl Johan”, fue realizada en el ambiente otoñal decadente que sirvió de decorado para toda una evolución en la representación de la angustia y el sufrimiento vital, que manifiesta el autor en sus obras por medio de la utilización de esos rostros pálidos y redondeados que tienden a la alienación de los personajes, cuyas expresiones nos hacen evocar el concepto de “la insoportable levedad del ser” que expondría el escritor checo Milan Kundera un siglo después de la realización de esta obra a la que hemos hecho mención. Como decimos, prueba de esto es la obra “atardecer en el paseo Karl Johan” o más conocida como “ansiedad”, tal y como él mismo la tituló en su diario, donde dejó escritas unas palabras para describir esta escena: “vi a toda esa gente tras sus máscaras, sonriendo flemáticamente, miré a través de ellos y había sufrimiento, eran cadáveres blancos que sin descanso corrían a lo largo de una calle angosta, en cuyo final estaba la tumba”.

Atardecer en el paseo Karl Johan (1892)
Ansiedad o anochecer en el paseo karl johan

Llegado este momento de nuestro viaje por la vida de Edvard Munch, tenemos que centrar la atención en la obra más conocida de su carrera, “El grito”, realizada en 1893 en ese mismo escenario que corresponde a los atardeceres de la capital noruega. La obra final resulta de dos lienzos anteriores que van evolucionando en la captación del dolor y la soledad como tema central de esta etapa de su producción pictórica. Esta obra maestra ha sido estudiada como la culminación de la ansiedad y el miedo que acompañó toda la producción del artista, plasmada de forma exacta a través de sus palabras que acompañan al mensaje: “estaba paseando con dos amigos, contemplando la puesta de sol, de pronto el cielo se tornó rojo como la sangre…, me apoyé sobre el puente, terriblemente cansado…,  sobre el fiordo y la ciudad se extendían lenguas de fuego y sangre. Mis amigos continuaron y yo me quedé solo, temblando de miedo, pude sentir un enorme grito, cruzando el espacio”.

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El grito

En 1898 conoce a Ibsen, el gran poeta y dramaturgo noruego, padre del drama realista moderno, cuya visión del mundo encajó a la perfección con la obra pictórica de Edvard Munch, el cual decoró uno de los libros del escritor nórdico titulado “Cuando nosotros, los muertos, despertemos”, resultando esta unión tan perfecta que el propio Munch escribió en su diario sobre como la obra de Ibsen completaba a uno de sus lienzos más carismáticos con su aporte dramático. Este es el caso del cuadro titulado “las edades de la mujer”, otro de sus grandes temas que llevó al medio pictórico de forma recurrente y del cual dice: “ las tres muchachas aparecen en el drama de Ibsen de igual forma que en mi obra: Irene, vestida de blanco, mirando más allá de la vida. María, fuerte, amenazante, desnuda… y, la mujer sin nombre, vestida de negro, absorta en la maldición de la belleza por el tiempo y por el destino irremediable de la muerte”.

Mujer en tres etapas. 1894

Un año más tarde realiza una de las obras que mejor definen su vida personal, sus inseguridades y sus frustraciones. Titulada “la danza de la vida”, en la cual se aprecia al propio autor, bailando junto a su amor platónico y el motivo de sus frustraciones sexuales, a las que se alude por medio de representaciones fálicas en la luna que cruza el mar, el cual forma el fondo de la composición. Hablamos de Millie Thoulow, que acompaña a nuestro artista en el centro de la composición y refleja su amor obsesivo por la esposa de su primo. A la izquierda de la composición vemos una figura femenina aniñada, vestida de blanco que hace alusión a la belleza de la vida, a la inocencia y la pureza. Como contrapunto, en el otro extremo del lienzo vemos la figura de la muerte, representada por medio de su exmujer Tulla Larsen, a la que guardaba rencor por su traumática separación y por empujarlo a los brazos de la locura.

La danza de la vida.

Tras un tiempo de internamiento en la clínica psiquiátrica del doctor Jacobsen, en Copenhague, se le dio el alta médica, volviendo a Noruega de forma permanente donde llevará una vida alejada de los bullicios de la capital, reapareciendo esporádicamente para realizar algún encargo, aunque prefería la soledad en estos últimos años de vida. Legó todas las obras que poseía a la ciudad de Oslo tras su muerte en 1944.

Fuentes

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