Cuando la Peste destrozaba Europa

Europa, mediados del siglo XIV. Desde hace unos años, por las calles de muchas ciudades, en las casas consistoriales, en las catedrales, en los monasterios y en las plazas habita un enemigo común a todos los ciudadanos. Es invisible y devastador. Ataca en cualquier momento, en cualquier esquina. Nadie escapa a su tormento, y quien lo hace casi desearía no haberlo hecho. Este enemigo es la Peste y no hay solución posible.

Los conocimientos médicos que existían en la Edad Moderna europea no eran muy precisos. Las enfermedades se entendían asociadas a causas tales como el hechizo, el maleficio, la condena divina o la afección espiritual. Por ello, en multitud de casos la medicina más empleada era la confesión y la comunión, que salvaban de los grandes pecados. Aunque también es cierto que la medicina popular conseguía curar satisfactoriamente a los enfermos, existía cierto ambiente médico y culto, la denominada como medicina académica.

Miniatura de la Biblia de Toggenburg (1411) : enfermos de la Peste negra

La medicina popular tenía un trasfondo mágico y natural. Debido a su origen tradicional y a la utilización de elementos de la naturaleza para curar, como eran ciertas hierbas y animales, eran conscientes de que este tipo de medicina debía ser mejorada y perfeccionada. Aún así, era respetada en cierta medida. La medicina popular explicaba la causa de enfermedad en ciertos factores externos que hoy en día se siguen considerando como perjudiciales, ya que de esos algunos eran el frío, la humedad y las corrientes de aire.

La medicina académica, que no se alejaba mucho de la popular, creía que la enfermedad venía cuando existía un desequilibrio corporal, además de la participación de factores externos. Si uno lleva una vida desordenada, tiene una alimentación no adecuada, el clima no es bueno, si consume agua o respira aire corrupto, lo más normal es que enferme. A esta conclusión, y bajo estas causas, llegaron los médicos académicos. Era lo que se consideraba la doctrina hipocrática-galénica.

La Peste se convertiría en un mal intermitente hasta el siglo XVIII, que iba y venía en oleadas. Jean Noel Biraben, principal investigador de todo lo que se refiere a la Peste, escribió sobre estas oleadas para los países europeos:

Sabemos que la Peste no era la primera vez que se presentaba en Europa. Entre los siglos VI y VIII ya hizo acto de presencia, llegando al continente por mar. Según las descripciones de la enfermedad que tenemos de aquellos siglos, la Peste tendría características muy similares a la de los años de la Edad Moderna.

En la década de 1340 hubo intercambios realizados por los mercaderes entre el Asia Central y el Mar Negro, y posiblemente las ratas negras fueron transportadas por mar desde su lugar de origen hasta el sur de Italia. Según varios estudios, posiblemente fue Pisa el lugar de penetración de la enfermedad, y desde allí se produjo la expansión.

Para introducirnos en los efectos que producía la enfermedad, citamos un fragmento de una referencia escrita por un monje en la obra conocida como «La Petite Chronique de St. Aubin»:

“Los más de los enfermos escupían sangre, otros tenían en el cuerpo manchas rojas y negras y de éstos ninguno escapaba. Otros tenían apostemas y estrumas en las ingles o bajo las axilas y de éstos, algunos escapaban(…) Y hay que saber que estos enfermos eran muy contagiosos y que casi todos los que los cuidaban morían, así como los sacerdotes que recogían sus confesiones”.

Tomemos como muestra para explicar en qué consistía un contagio de peste el acaecido en Florencia en 1348.

Cuando la enfermedad llegó nadie parecía encontrar explicación posible. Tras mucho deliberar, los sabios llegaron a la conclusión de que se produjo por la conjunción de 1345 entre los planetas de Saturno, Júpiter y Marte. Para ellos, el aire se calentó y surgieron las miasmas y, así, las bubas pestilentes. Este veredicto fue considerado la explicación científica del fenómeno. Aunque claro, se pensaba que la última palabra en todo esto la tenía Dios. Las medidas que se decretaron para evitar que el mal se expandiesen fueron varias y, a primera vista, lógicas: limpiar, sanar y rezar. Pero, como ya apuntaba Bocaccio en una de sus textos, estas medidas eran del todo ineficaces.

Pero, ¿qué era la Peste Negra? La respuesta a esta pregunta no llegaría hasta el año 1879, bien pasada la época moderna, cuando Pasteur descubrió que la causa estaba en un microbio que al transmitirse propagaba la enfermedad. Este microbio era el Yersina Pestis, y se encuentra presente en ratas y humanos fallecidos por la enfermedad.

Era común que las personas, de una manera u otra, convivieran con ratas, sobretodo si pertenecían a los sectores más humildes de la sociedad. La enfermedad se extendió rápidamente debido a la poca higiene corporal, a la insalubridad del entorno, a la aglomeración en núcleos urbanos y a las malas condiciones de los lugares de habitáculo. De esta manera, quemar artículos textiles pudo resultar útil para combatir la plaga, y el quemar objetos, ya sean naturales o manufacturados, entraba dentro de las prácticas de la medicina popular.

La Peste Negra podía presentarse en varias modalidades:

  • La Peste pulmonar tenía una letalidad del 95% de los casos. La muerte le llegaba al enfermo en tan sólo dos o tres tías. 
  • La Peste bubónica, por su parte, necesitaba de calor y humedad para desarrollarse. El principal síntoma era sequedad en la boca, además de una fuerte fiebre continua. Al segundo o tercer día aparecían los bubones, que era una hinchazón con forma de manzana de la zona dónde la pulga había picado, en la ingles, las axilas o el cuello. Poco a poco surgían manchas oscuras en la piel debido a las hemorragias. El 90% de las víctimas morían sin superar la morbosidad. 
  • La Peste septicémica era la más rápida, mortífera y funesta de todas. Su contagio era neumónico, y afectaba en mayor medida a los niños y a los ancianos. Su aparición era tajante, pues en el mismo día del contagio se llegaba a los 42º de fiebre, aparecían alteraciones nerviosas y psíquicas, además de hemorragias cutáneas de color negro por todo el cuerpo. La muerte llegaba a los dos días. Y nadie se salvaba, ya que las víctimas eran del 100%.

Aunque tomasen como cierta la idea de que la enfermedad estaba causada por la corrupción del aire, y que por tanto no podía transmitirse de una persona a otra, la presencia de los hechos hacía ver que el contacto con los enfermos, ya sean vivos o muertos, potenciaban la aparición de la enfermedad.

Así, el enfermo se veía aislado de su familia y amigos, sin poder relacionarse con nadie, por imposibilidad médica o por decisión personal. La gente moría sin que nadie les acompañara y eran enterrados sin sepultura.

Artículo relacionado:  ¿Cuándo acabó la Segunda Guerra Mundial?

 

Enfermos de peste en una iluminación de un manuscrito de Perugia en Italia del siglo XVI.

Citemos a F. Franco, médico de Sevilla:

“Este mal es de tanta crueldad que el marido deja a la mujer y la mujer al marido, y el hijo al padre, aunque sospecho que el padre no se aparta del hijo, y los hermanos se desamparan unos a otros. Qué diremos de los amigos, solos quedan aquellos que tienen perdido el miedo a la muerte, a los cuales los gobernadores de las ciudades hacen Justicias o Alguaciles de pestilencia, para que tengan cuidado de cerrar las puertas y mandar que les den las comidas por las ventanas.

Los vínculos sociales y personales, de amistad, trabajo o familiar, se veían rotos con la llegada de la Peste. Todo el mundo temía ser víctima de la epidemia, incluso la gente dedicada a la sanidad. Por ello, muchos huían de las grandes ciudades y se refugiaban en los campos. Se marchaban los ricos, los nobles, los curas, los pobres, los políticos y los médicos. Pero, claro, muchos se iban ya contagiados, por lo que la enfermedad terminaba también en las villas más pequeñas del mundo rural.

Muchos de los habitantes de las ciudades siguieron viviendo en ellas, porque así lo decidieron o porque no se les permitió marcharse. En momentos de crisis, en las ciudades no había autoridad, la justicia no funcionaba, los actos delictivos no se pagaban, aunque tampoco faltaban los actos misericordiosos y de caridad.

Había diferentes actitudes frente a la epidemia. Había quien se refugiaba en la oración, en la austeridad y en la moderación, puesto que consideraban que así tendrían el respeto divino, y por tanto, la salvación. Pero existía también aquellos que se dejaban llevar por los placeres, ya que opinaban que si morían, primero disfrutarían de los placeres de la vida. Bocaccio nos habla de estos últimos:

See Also

“Otros sostenían la opinión contraria al rezo, porque decían que el mucho comer y beber, y alegrarse andando, cantando y bailando, y dar satisfacción al apetito de cualquier cosa que viesen, era el verdadero remedio contra tanto mal, y así lo practicaban día y noche cuanto podían, andando de una taberna a otra, bebiendo sin medida y sin regla alguna, y andaban por todas las calles haciendo lo que les agradaba.”

Dentro de este contexto social, la anarquía más deshumanizada tomó partido, viéndose prácticas horribles. Ya hemos nombrado que los fallecidos no se velaban ni se enterraban, pero también debemos comentar que los cadáveres no se tocaban, y las pocas autoridades que seguían teniendo poder debía contratar a trabajadores para limpiar las calles de los cuerpos de los fallecidos. Éstos se enterraban en fosas comunes en los cementerios de las iglesias, transportados amontonados en carretas. No se dejaba ningún tipo de sepultura individual, ni siquiera colectiva. Los cadáveres se tapaban con tierra y se olvidaban.

Detalle de «El triunfo de la Muerte», 1563, de Pieter Bruegel El Viejo.

La morbosidad no afectó igual a todas las edades. La mayoría de los fallecidos eran niños y jóvenes. Bien es cierto que son los más débiles, pero los ancianos no caían ante la enfermedad con la misma rapidez que lo hacían ellos. De quinientos fallecidos, sólo doce eran viejos, como apuntaba el Burgués de París en su diario personal. Aunque es cierto que cualquiera era potencialmente víctima, ya que la condición social tampoco importaba. Murieron más humildes que altas personalidades, pero no debemos olvidar que también eran muchísimos más. Los acomodados también sufrieron la enfermedad, como dejó escrito Bocaccio:

“Cuántos grandes palacios, cuántas hermosas y bien edificadas casas, cuántas nobles habitaciones y moradas, llenas y pobladas de nobles moradores y grandes señores y damas, de los mayores hasta el menor servidor quedaron vacías y solas. Cuántas familias, cuántos excelentes linajes, cuántas grandes y ricas heredades y posesiones, cuántas y cuán preciosas riquezas se vieron sin heredero y legítimo sucesor, desamparadas. Cuántos valerosos y nobles hombres, cuántas y cuán hermosas, graciosas y galanas damas, cuántos gentiles y alegres hidalgos que (…) serían juzgados bien salubérrimos y sanos, a la mañana comieron con sus compañeros y amigos, y a la noche cenaron en el otro mundo, con sus antepasados.”

En los enterramientos tampoco había distinciones. Los carros transportaban unas 15 personas muertas, de cualquier procedencia. Así, había cadáveres desnudos o vestidos con harapos, con nobles y ricos, por lo que se podía encontrar a fallecidos con ropas de alta costura junto a artesanos que vestían sus uniformes de trabajo.

La muerte siempre ha sido igualadora.

 

Fuente principal:

-Juan Ignacio Carmona García “Enfermedad y sociedad en los tiempos modernos”. Ed. Universidad de Sevilla, 2005.

Fuentes secundarias:

-Jean-Noel Biraben “Les Holmes et lapeste en France et dans les pays européens et méditerranéens, 2 vols., París- La Haya, 1975.

-Sheldon Watts “Epidemias y poder. Historia, enfermedad, imperialismo.” Barcelona, Ed. Andrés Bello, 2000, por. 21-22.

View Comments (2)

Leave a Reply

Your email address will not be published.

Scroll To Top