Las Meninas: la restauración portuguesa y el barro comestible

«Niña de color quebrado, o tienes mal de amor o comes barro«. Así citaba en su obra «El Acero de Madrid «(1608) el dramaturgo Lope de Vega una de las modas de las damas de las cortes de Felipe IV y Carlos II durante el Siglo de Oro español: la “bucarofagia” o ingestión de búcaros de barro. En algunas de las pinturas que se consideran obras maestras de las artes plásticas existen discursos y significados que no son percibidos a primera vista por el espectador debido a la sutileza del tratamiento de sus autores a la hora de mostrarlos.

Esto mismo sucede en la pintura de Velázquez «La Familia de Felipe IV» (1656), conocida popularmente como Las Meninas, hoy en el Museo del Prado de Madrid. En ella, bajo las múltiples interpretaciones y connotaciones simbólicas que desprende, hay una reseña curiosa sobre la adicción al barro comestible de las nobles españolas de los siglos XVI y XVII y su relación con la restauración de la independencia de Portugal.

«Familia de Felipe IV» (1656) por Diego Velázquez.

La dinastía de los Austria, que durante los reinados de Felipe III y Felipe IV (tanto era el territorio que controlaba este último que se le apodaba el «Rey Planeta») hubiera alcanzado su clímax, se encontraba desde 1640 en guerra con Portugal. Los portugueses habían proclamado ese mismo año la Restauración de la Independencia.

La corona española se hallaba en una situación gravosa y ruinosa por los numerosísimos conflictos que soportaba: la Guerra de los Treinta Años en los Países Bajos, los asuntos con las colonias americanas y los conflictos francoespañoles dividirían el imperio. Todo esto condujo en 1648 a la Paz de Westfalia, finalizando la guerra con Holanda y Alemania, y en 1668, tras cerca de otras tres décadas de tomas y dacas y de un gasto asombroso en la industria de guerra que incitaría la gran crisis económica y social de finales del siglo XVII, a firmar el Tratado de Lisboa con Alfonso VI de Portugal, aceptando la independencia del país luso. En Portugal, la dinastía de los Braganza se hizo con el poder, y con el fin de la Guerra de los Treinta Años, Francia e Inglaterra sucedieron a España a la cabeza del imperialismo occidental y la hegemonía europea.

Batalla de Rocroi (1643) por Augusto Ferrer-Dalmau

Pero, centrándonos en el lance ibérico, Portugal no sólo luchaba en los campos de batalla, cuyos enfrentamientos fueron cortos pero muy sangrientos, sino también valiéndose de la adicción perniciosa al barro de la nobleza española. Todos estos acontecimientos históricos estaban en plena ebullición durante el reinado de Felipe IV mientras Diego Velázquez era su pintor de cámara, quien supo representarlos magistralmente y de forma satírica en Las Meninas en la escena central de la pintura, en la que María Agustina de Sarmiento sirve en una bandeja de plata a la Infanta Margarita una vasija de barro rojizo portugués.

Historiadores como el corteganés José María Sánchez, especializado en el comercio cerámico entre Sevilla y América, o la madrileña Natacha Seseña, cuyo campo de investigación es la etnografía cerámica, apoyan la idea de que Portugal se aprovecharía durante el conflicto ibérico de la extraña moda de las cortesanas castellanas. Estremoz, una localidad portuguesa del distrito de Évora, comenzaría a exportar a España muchísimos productos cerámicos y terracotas del famoso barro comestible. Este barro contenía una serie de sustancias adictivas que lo convirtieron en el opio o la cocaína de la época. Las nobles engullían casi diariamente una pequeña vasija que llenaban de agua de jazmín o ámbar la mayoría de las ocasiones, para ablandar el sedimento de la terracota, o bien lo ingerían en forma de polvo. Pensaban que ayudaba a mantener el color blanco de la piel, ideal que resaltaba la diferencia estamental entre la nobleza y el populacho, moreno por los rayos del sol del trabajo campesino, que ayudaba a controlar los periodos menstruales por su efecto anticonceptivo y hasta que las hacía más altas y estilizadas.

Detalle de «Las Meninas» en el que la menina María Agustina de Sarmiento sirve una vasija de barro comestible portugués a la Infanta Doña Margarita

En realidad, todas estas consecuencias se producían por las enfermedades que acarreaba su ingestión: el sedimento del barro obstruía las cavidades intestinales, provocando la retención de la menstruación por la inflamación del aparato reproductor; la arenilla se acumulaba en el hígado, disminuyendo la cantidad de vitamina ‘d’ en el organismo y propiciando una decoloración en la piel; y, por último, en el hígado y los riñones acababan padeciendo enfermedades como la hepatitis o el cáncer renal, algo que propiciaba el “hipocratismo facial”, es decir, la estilización de la tez por la absorción de grasas del rostro, acrecentando el contorno del mentón y los arcos cigomáticos. Tal era la adicción, que los maridos castigaban a sus esposas sin comer las golosas vasijas.

Artículo redactado por Alejandro Mairena Morales en colaboración con Ignotocracia.

BIBLIOGRAFÍA:

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See Also

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Iñaki y Frenchy:

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