La maldición del tesoro de «El Matancero»

Como si se tratase de la tumba de Tutankamón o el Holandés Herrante, el tesoro de «El Matancero» cuenta con su propia leyenda y maldición. Aunque mucho menos conocida, esta leyenda está igualmente marcada por la muerte y el misterio.


LA LEYENDA

Corría el año 1900, el capitán Patricio Rivero y su tripulación navegaban en su goleta las aguas del Caribe comerciando con los ingleses y los indios de Quintana Roo. En uno de esos trayectos, estando en el puerto de Belice justo antes de zarpar, se acercó un francés que ofreció sus servicios de marinero a cambio del transporte a las costas de Quintana Roo. El capitán Rivero, que estaba falto de tripulación, aceptó el trato sin objeción.

Una vez embarcado, y bajo los efectos del vino, el francés confesó su verdadera intención. Les contó la historia de un barco inglés que naufragó en un lugar llamado “Matancero” cargado de riquezas cuya tripulación fue asesinada por los indios que habitaban el lugar. Se decía que el lugar recibía el nombre de “Matancero” por la matanza que allí se dio. Por suerte, la valiosa carga había sido enterrada y el único superviviente del suceso elaboró un mapa con la ubicación del tesoro, mapa que ahora estaba en manos del francés.

Antes de llegar a “Matancero” el francés enfermó, por lo que tuvieron que atracar en puerto y hospitalizar al joven marinero. El capitán continuó su trayecto para terminar el objetivo primero de la expedición, el comercio de mercancías con los ingleses. A su vuelta, quiso visitar al francés, pero descubrió que este había fallecido y del mapa no había ni rastro.

Pasó el tiempo, y el capitán siguió con su faena de comerciante hasta que un día, uno de los marineros de su antigua tripulación lo hizo llamar. El marinero le contó al capitán que se estaba muriendo y, arrepentido, confesó haber robado el mapa del tesoro a la tripulación con la intención de quedarse el tesoro para él. El marinero suplicó el perdón del capitán Rivero y entregó el mapa con la condición de que su parte del botín fuera entregada a su hijo Pedro de 12 años de edad.

El capitán Rivero reunió a Pedro, el hijo del marinero muerto, y a su amigo Claudio Cantó. Les contó sobre el tesoro de “Matancero” y decidió que juntos irían a recuperarlo una vez volviese de un viaje a Veracruz.

Como si se tratase de una maldición que perseguía a todo aquel que tratase de recuperar el tesoro, el capitán Rivero calló enfermo y murió antes de regresar de su viaje.

 

LA HISTORIA

Tan sólo medio siglo más tarde, en la década de 1950, y movidos por la misma codicia, los norteamericanos Clay Blair Jr., Wally Bennett, Kirk Jhonson y Bob Marx se dedican a expoliar el pecio y a sacar las piezas de México para llevarlas a Estados Unidos. Incluso enterraron los objetos más valiosos en un lugar que sólo ellos conocían a la espera de una situación propicia para sacar los objetos del país (Bush, 1964, p. 58).

En 1959 el CEDAM (Club de Exploraciones y Deportes Acuáticos de México) denuncia esta situación y pide al gobierno mexicano el permiso para llevar a cabo la expedición de “El Matancero” bajo dirección y bandera mexicana. Una vez concedido el permiso, el CEDAM invita a los antiguos expoliadores estadounidenses a ser parte del equipo.

Tras haber conseguido los recursos humanos para comenzar los trabajos arqueológicos, era la hora de realizar la gran expedición que se iniciaría el 15 de junio de 1959. Pero llegar a Punta Matancero entonces no era tan sencillo como lo es ahora. Las amplias carreteras asfaltadas y los monstruosos complejos hoteleros que hoy inundan el estado de Quintana Roo no existían en 1959, por lo que la forma más sencilla de llegar era en barco desde la Isla de Cozumel o en avioneta. El Estado de México puso al servicio de la expedición barcos y avionetas para poder transportar todo el equipo necesario.

Punta Matancero en la década de 1950
Punta Matancero en la década de 1950. Visto en Bajo las agua de México.

Mientras se mandaban barcos y avionetas para abastecer la expedición, la maldición que rodeaba al tesoro de «El Matancero» tramaba su venganza. El día 15 de julio de 1959 a las 14:25 el transporte carguero C-82 Paket, pilotado por el Mayor Alfredo Bardaguer, se estrella en la selva cerca de Champotón, en el estado de Campeche. Junto a él viajaban el copiloto, dos mecánicos y Gregorio Castillo como expedicionario encargado del equipo. Por suerte la tripulación se salvó y lo único que se perdió fue el equipo valorado en unos 300.000 pesos.

“Entonces fue cuando me acordé de toda mi familia, sabiendo que quizás no los iba a ver más, porque allí abajo estaba esperándome la muerte. Me acordé de mi pueblo, de mis gentes”.

 

RESULTADO DE LA INVESTIGACIÓN

Una vez rescatadas las piezas más relevantes del pecio se crea el Museo CEDAM con el fin de custodiar, investigar y exponer las piezas. El trabajo de investigación arqueológica, dio las pistas necesarias para encontrar en el Archivo General de Indias el legajo que nos daba la información sobre «El Matancero».

Su nombre oficial era Nuestra Señora de los Milagros, una embarcación construida en el astillero de Matanza, Cuba. Era un barco de la primera mitad del siglo XVIII cuyo casco medía 22 metros de eslora, 6 metros de manga y 3 metros de calado. Tenía tres mástiles y el aparejo era cuadrado. Contaba con 16 cañones de hierro y cuatro más giratorios para la defensa contra los piratas y corsarios.

Interpretación del casco de «El Matancero». Visto en El naufragio de «El Matancero».

CONTEXTO HISTÓRICO Y EL NAUFRAGIO

A lo largo de los siglos XVII y XVIII la monarquía británica e hispánica estuvieron envueltas en constantes enfrentamientos bélicos por la disputa de la supremacía marítima y comercial, aquel que controlara el mar controlaría el comercio. Por lo que ambas naciones buscaron menoscabar el poder y la influencia de su enemigo en sus respectivas colonias. Tanto en Europa con la intervención de Inglaterra en la guerra de los Treinta Años, como en América con el apoyo de España a las Trece Colonias para su independencia, pasando por la guerra de los Siete Años.

La contienda que le tocó vivir a «El Matancero» fue la Guerra del Asiento (1739-1748). A pesar de que la llegada de los Borbones a la monarquía hispánica (1713) había supuesto la liberalización del comercio con los territorios hispánicos en América, el contrabando y la piratería siguió existiendo. Este contrabando era contestado con la confiscación de las mercancías por parte de los guardacostas que los ingleses tomaron por piratería. Por lo que los ingleses recurrieron a lo que llevaban haciendo tiempo atrás, llenar las costas del Caribe de corsarios.

Esta guerra se ha considerado como una de las primeras con carácter de guerra moderna, pues no se enfrentaron grandes ejércitos, sino que se buscó atacar comercialmente a la nación enemiga. Es conocida también como la guerra de la Oreja de Jenkins y es durante esta que tiene lugar la heroica defensa de Cartagena de Indias en 1741 por parte de Blas de Lezo.

Pues bien, en este contexto bélico es en el que Francisco Sánchez, Marqués de Casa Madrid, el dueño de Nuestra Señora de los Milagros, más conocida como «El Matancero», contrata al capitán Juan Bacaro y una tripulación de 69 hombres que el 30 de noviembre de 1740 zarpan desde Cádiz con destino a Veracruz (Powell, 1992, p. 2).

Ruta de navegación de «El Matancero». Fuente: elaboración del autor.

A pesar de que las primeras interpretaciones hablan de que «El Matancero» sufrió una derrota en combate frente al bloqueo de la Armada Inglesa al mando del Almirante Vernon (pues se encontraron evidencias arqueológicas de lucha; cañones con señales de uso y balas colocadas al pie de los cañones) no se ha encontrado ningún registro en el Almirantazgo Británico que hable de un ataque corsario, por lo que las causas del naufragio son inciertas. Lo que sabemos con certeza es que el 22 de febrero de 1741 la nave queda a merced de los vientos alisios y choca frente a las costas de Akumal contra los arrecifes que rodean las selvas yucatecas. Las causas reales del naufragio siguen siendo un misterio.

Los sobrevivientes y el cargamento se trasladaron a Campeche y posteriormente a Veracruz. Aquí, tras ser inventariada las mercancías, las autoridades descubrieron que transportaba telas inglesas, lo que suponía un delito de alta traición al haber comerciado con un enemigo en tiempos de guerra. Por suerte para el dueño de la embarcación, el capitán Bacaro había muerto en el naufragio, por lo que se le hizo responsable del delito sin posibilidad de réplica (Bush, 1964, p. 114).

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EL CARGAMENTO

Según las fuentes documentales del Archivo General de Indias, la carga registrada incluye cuchillos, cucharas, tijeras, papel, plumas para escribir, agujas de coser, botones y hebillas, un total de 50 toneladas de útiles caseros. Unas 100 toneladas de hierro colado y 25 más de acero templado. Así como paneles de vidrio para ventanas, azafrán, lavanda, herramientas manuales y pertrechos militares. Y como no podía ser de otra manera, una ingente cantidad de vino y aguardiente, ¡750 barriles, 400 toneles, 204 cajas y 21.200 botellas! (Powell, 1992, p. 3).

Al ser la corrupción Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, no podía faltar un buen monto de carga sin registrar. Estas operaciones de contrabando eran tan habituales como rentables durante la Carrera de Indias. En el caso de El Matancero fueron descubiertas estas mercancías de contrabando gracias al naufragio acaecido, una vez recuperada e inventariada la mercancía, se encontraron fardos de tela inglesa y ropa. Al estar en estos momentos la Corona española en guerra con la Corona inglesa, el delito se agravaba hasta considerarse crimen de traición, cuya pena era la muerte. Por suerte para el propietario del navío y el resto de la tripulación, las culpas cayeron sobre el capitán Bacaro, el cual murió ahogado durante el naufragio (Powell, 1992, p.4).

El cargamento comercial y el cargamento de abordo estaban compuestos por piezas de cinco países distintos: España, Italia, Alemania, Francia e Inglaterra. Esto nos habla de la insuficiente industria española de aquel entonces, que necesitaba recurrir a otras naciones para surtir al continente americano. Dejando ver la fuerte dependencia que la economía hispánica tenía de los metales preciosos de sus territorios americanos.

Entre el material arqueológico recuperado encontramos más de 10.000 piezas de las que destacan 3.000 cruces y la artillería del barco; cañones, balas de cañón y medidas para cargar los cañones con pólvora.

 

EPÍLOGO

Para terminar, me gustaría presumir de haber formado parte de la historia de misterio y arqueología que rodea a «El Matancero». Tuve la suerte de trabajar como arqueólogo subacuático durante la campaña arqueológica de Tulum 2019 bajo la dirección de Helena Barba, arqueóloga responsable de la Subdirección de Arqueología Subacuática de la Península de Yucatán. En esta campaña trabajé juntos a mis compañeros, Jorge García y Juan Carlos Arroyo, en la inspección y registro de yacimientos arqueológicos hundidos en las costas de Tulum y Akumal. Uno de estos yacimientos fue precisamente «El Matancero», donde hicimos una visita de inspección y registro en la cual encontramos cañones, anclas y algún que otro artefacto utilizado por la tripulación. Por suerte para todos, la maldición de «El Matancero» ya había perdido fuerza y lo único que hubo que lamentar fue algún corte superficial y la pérdida de lápices y aletas.

 

BIBLIOGRAFÍA

AGI: Contratación, legajo 1485.
Blair, C. (1960), Diving for Pleasure and Treasure, World Publishing Company, New York.
Bush, P. (1964), Bajo las Aguas de México, Ciudad de México: CEDAM.
Marx, R. (1971), Naufragios en Aguas Mexicanas, Ciudad de México: CEDAM.
Powell, B. (1992), El naufragio de El Matancero, Ciudad de México: CEDAM.

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