La guerra entre los Mayas antiguos

Durante el descubrimiento de la cultura maya en el siglo XIX y su posterior estudio, los investigadores definieron a los mayas como seres pacíficos que habitaban en ciudades de piedra, gobernados por sabios sacerdotes dedicados a la astronomía, creyendo haber encontrado  esa sociedad utópica que describía Tomás Moro. Nada más lejos de la realidad. A partir de finales del siglo XX, el estudio de los restos arqueológicos, así como los relatos de los cronistas españoles, nos describen comunidades tan beligerantes como cualquier otra civilización.

 

LA GUERRA

Webster (1999) define las ‘guerras’ como confrontaciones planeadas por grupos organizados en combatientes, que comparten, o creen que comparten, intereses comunes y están dispuestos a perseguir sus intereses utilizando formas de intimidación y confrontación armada que pueden involucrar matanzas deliberadas.

Esta definición es la más acertada cuando hablamos de guerra entre mayas antiguos a pesar de que hay quienes tienen una visión sádica de la sociedad maya, de la cual piensan que únicamente realizaba incursiones con el fin de conseguir cautivos para sus sacrificios. Descartando la idea de que pudieran sostener guerras a gran escala.

Esta idea podría mantenerse durante el período Clásico donde la principal razón de la guerra era dominar a la ciudad vecina para obtener tributos y cautivos. De modo que el gobernante obtenía un rápido aumento de su riqueza y de prestigio por su liderazgo en la guerra. Sin embargo, conocemos enfrentamientos que duraron largos períodos de tiempo como las guerras declaradas entre Palenque y Toniná, Calakmul y Tikal o Quiriguá y Copán, entre muchas otras. Así como alianzas entre distintas ciudades, como el caso de Calakmul con El Perú, Dos Pilas, Cancuén y Caracol, siendo esta primera la de mayor influencia. Todas ellas buscaban controlar las rutas comerciales que surtían de artículos de lujo a las ciudades (Stuart, 2007, p. 42).

Esta visión de la guerra como simples incursiones queda completamente descartada durante el Posclásico cuando encontramos a pueblos como los quichés que bajo el mando de Quicab el Grande llevaron a cabo una guerra expansionista, llegando a ocupar un extenso terreno en los altos de Guatemala. En las ciudades tomadas por los quichés los gobernantes eran sustituidos por nuevos señores que imponían el culto al dios Tohil (Grazioso, 2002, p. 220).

A pesar de que la guerra estaba fuertemente ritualizada tanto en su preparación como durante las campañas o la celebración de la victoria, el fin último de la guerra siempre fue la de controlar los recursos básicos y a los subordinados de estos territorios, eliminar enemigos, buscar ventajas estratégicas y expandir su sistema político. Dando lugar a una marcada estratificación social.

 

DESARROLLO DE LA GUERRA

Es probable que la guerra se produjese de forma estacional, antes o después de la época de cosechas, de forma que se pudiesen realizar levas de población. Priorizando las estaciones secas frente a las lluviosas. Igual que el clima, el terreno influyó en las prácticas de guerra, utilizando los densos bosques para tácticas defensivas mientras que los claros eran aprovechados para las maniobras ofensivas y emboscadas (Kettunen, 2011, pp. 410-412).

Dintel 3 Bonampak, Chiapas, México.

Respecto a las armas empleadas, predominaron en el corto alcance cuchillos, lanzas, hachas, garrotes, etc. Utilizando la obsidiana, el cuarzo y el pedernal para las armas de filo, y la piedra y madera para armas contundentes; de igual modo utilizaron conchas y dientes de peces como elementos cortantes. Las armas arrojadizas como arcos, hondas o cerbatanas cobraron mayor protagonismo a lo largo del Clásico y Posclásico. En ocasiones utilizaban el veneno de animales o arrojaban nidos de insectos cuya picadura era muy dolorosa. De igual modo que empleaban tácticas de guerra psicológica por medio de instrumentos que produjesen sonidos intimidatorios como tambores, trompetas de concha de caracol o sus propias voces. Para atacar ciudades costeras o ciudades con ríos navegables llevaron sus canoas para un desplazamiento más rápido, también eran bueno puntos donde colocar a los mejores indios flecheros (Kettunen, 2011, pp. 406-407).

Como elementos de protección llevaban corazas, cascos, hombreras, pulseras y tobilleras hechas de cuero y algodón. Así como escudos de madera y cuero. Por otro lado, conocemos elementos de protección dentro del grupo de arquitectura de guerra como muros de piedra reforzados con empalizadas de madera o plantas espinosas, y a su vez rodeados por fosos (Grazioso, 2002, p. 237).

 

LOS GUERREROS

¿Existieron únicamente guerreros de élite o se realizaban levas de población?, ¿había centros donde se instruía en el arte de la guerra?, ¿cuál era la organización de los ejércitos?, ¿cuántos soldados formaban los ejércitos? Estas y muchas otras cuestiones siguen siendo un enigma para los investigadores.

Sin embargo, conocemos mejor la función de los altos cargos del ejército ya que al ser los mayas antiguos una sociedad belicosa, los guerreros de élite formaban parte de la nobleza y por tanto dejaron registro epigráfico.

Algunos de los títulos que conocemos son: b’aah pakal “el primer escudo” y  b’aah tok’ “el primer pedernal”, ambos fueron títulos menores relacionados con la guerra. Lakam pudo tener una función determinante a la hora de realizar levas. B’aahte’ se ha identificado como una especie de capitán que en ocasiones los propios gobernantes añadían a su título de ajaw, b’aahte’ ajaw. Junto al B’aahte’, el nacón planeaba la estrategia militar, era una figura elegida cada tres años y durante este período debía guardar celibato, no comer carne ni emborracharse.  El yajawk’ahk’ fue una figura ligada al sacerdocio pero con un importante rol en los actos bélicos. Es posible que fuera el sacerdote guerrero encargado de llevar las imágenes de los dioses al campo de batalla (García, 2011, pp. 419-423) (Grazioso, 2002, pp. 23-24).

 

LA FIGURA DEL GOBERNANTE EN LA GUERRA

El gobernante maya era el k’uhul ajaw , el “señor sagrado”, por tanto el líder espiritual, el enlace entre dioses y humanos que podía comunicar ambos mundos por medio de distintos ritos para propiciar buenos augurios en guerras o cosechas. Asimismo, era el máximo líder militar que comandaba a sus guerreros hacia la victoria. El éxito en las empresas militares lo legitimaría como guardián del orden y el equilibrio. Aunque lo cierto es que normalmente delegaba las funciones militares en familiares y vasallos designados en lugares estratégicos.

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El camino hasta convertirse en gobernante comenzaba desde muy pequeño. Una vez cumplía 6 años se le realizaba su primer sangrado de pene, rito en el que se abandonaba el mundo femenino, simbolizado por el cuidado de la madre para entrar al mundo masculino, ingresando en la “casa de los muchachos” donde sería preparado junto a otros jóvenes del linaje para su futuro cargo.

Por lo general, el príncipe heredero (b’aah ch’ok) sería el primogénito del gobernante. No obstante, en el caso de fallecer podría ocupar su puesto algún hijo menor o hermano del gobernante. El príncipe heredero tenía que demostrar su fiereza en la batalla y al menos conseguir un prisionero antes de llegar al poder. En Palenque encontramos representaciones en la que el príncipe heredero es reconocido como tal por medio de una ceremonia en la que su padre le entrega un casco y su madre el escudo y la punta de pedernal, enfatizando la función de defensor del reino (Rodríguez, 2011, p. 293).

Su entronización llegaba finalmente tras la muerte de su padre y las correspondientes ceremonias fúnebres. El príncipe heredero se convertía en ajaw o k’uhul ajaw dependiendo del rango de la ciudad.

Detalle del Tablero en el Palacio de Palenque, Chiapas, México.

CAUTIVOS (B’AAK)

Tras la conquista de una ciudad o pueblo por los mayas, estos capturaban rehenes que servían como trofeos de guerra y pasaban a ser propiedad de su captor o del gobernante de la ciudad vencedora. Los cautivos tuvieron una gran importancia en el ejercicio de la guerra tanto a  nivel ritual, diplomático como artístico. Fueron elementos de gran prestigio tanto para los gobernantes como para los propios guerreros.

Monumento 172 Toniná, Chiapas, México.

Una vez capturados y llevados a la ciudad, eran desnudados y arrebatados de todos sus elementos ornamentales. En el caso de las orejeras eran sustituidas por  tiras de papel, como símbolo de humillación y sometimiento. Tras esto eran expuestos desnudos y atados públicamente mientras se les vejaba. De igual modo eran torturados antes de su cometido final, el sacrificio (García, 2011. p. 424).

Los cautivos de mayor estatus eran los generales o los propios gobernantes. La captura de uno de ellos podía poner fin a la batalla. Estos prisioneros con condición de nobleza, vivieron en las cortes como propiedad personal del gobernante o de su captor, expresando cierto estatus. El final de su cautiverio podía llegar de dos maneras; cumpliendo una función práctica y regresando a su ciudad de origen como señor (ajaw) subordinado a su k’uhul ajaw. O cumpliendo una función ritual, en este caso era sacrificado en alguna ceremonia especial. Cuando uno de estos gobernantes era capturado se referían a ellos como “no creación, no oscuridad”  (ma’ ch’ab ma’ ak’ab) lo cual significaba que eran despojados de sus poderes rituales y de creación (Stuart, 2007, pp. 45-47). 

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También existió un tipo de cautivo que podrían no ser sacrificados, como escribas o artistas que pasarían a formar parte del grupo de especialistas del bando vencedor, cumpliendo una función puramente práctica. Al igual que la calidad, la cantidad de cautivos adquiridos era importante pues esto daba acceso a distintos títulos. Estos cautivos podrían ser sacrificados o empleados como sirvientes. Normalmente los prisioneros tomados en la batalla pasaban a ser esclavos y los prisioneros de alto rango eran sacrificados.

Podemos decir que había distintos tipos de cautivos en función de su posición o sus conocimientos dentro de la sociedad conquistada. A pesar de ello, todos tenían una utilidad, tanto desde el punto de vista ritual y simbólico como desde el punto de vista práctico.

Glifos que describen títulos bélicos en función de los cautivos tomados. Visto en Voces de Piedra (figura 292).

CONCLUSIÓN FINAL

Si repasamos cada uno de los  elementos de la guerra entre los mayas observamos que ni las motivaciones que la mueven ni su desarrollo varían demasiado de las del resto de civilizaciones. La guerra es un motor económico que cohesiona la sociedad en tiempos de crisis interna y que sirve como herramienta para justificar el poder de las élites. Las anecdóticas diferencias aparecen cuando es el medio el que influye, es decir, los materiales para la fabricación de armas y el terreno de combate; herramientas y tácticas.

Por tanto, deberíamos preguntarnos ¿es la guerra uno de los elementos que define al ser humano en sociedad?, ¿son éstas consecuencias de la búsqueda y acumulación de poder?, ¿existe una relación directa entre la guerra y el poder? ¿O simplemente la guerra evidencia la maldad de nuestra especie y nos despose de nuestra falsa bondad? Estas preguntas darían pie al eterno debate de si el ser humano es malo por naturaleza o si es la sociedad la que lo corrompe.

 

Bibliografía:

García, H. (2011), De armas y ataduras: guerrero y cautivos, en A. Mártinez y M. E. Vega (coord. Eds.), Los mayas voces de piedra, México D. F.: ambardiseño, pp. 417-429.

Grazioso, L. (2002), La guerra: religión o política, en M. de la Garza y M. I. Nájera (eds.), Religión maya, Madrid: Editorial Trotta, pp. 217-246.

Kettunen, H. (2011), Las guerras: técnicas, tácticas y estrategias militares, en A. Mártinez y M. E. Vega (coord. Eds.), Los mayas voces de piedra, México D. F.: ambardiseño, pp. 401-416.

Rodríguez, A. (2011), El señor sagrado: los gobernantes, en A. Mártinez y M. E. Vega (coord. Eds.), Los mayas voces de piedra, México D. F.: ambardiseño, pp. 291-303.

Stuart, D. (2007), Los antiguos mayas en guerra. Arqueología Mexicana, 84, 41-47.

Webster, D. (1999), Ancient Maya Warfare, en K. Raaflaub y N. Rosenstein(eds.), War and Society in the Ancient and Medieval Worlds.Asia, The Mediterranean, Europe and Mesoamerica, Washington, D. C.: Center for Hellenic Studies, Trustees for Harvard University, HUP, pp. 333-360.

 

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