El 1 de octubre se hizo justicia

Un día 1 de octubre hubo revuelo en el Congreso de los Diputados. Había gente muy nerviosa en todas partes; el Presidente del Gobierno no encontraba ni las palabras ni los modos para dirigirse a los grupos parlamentarios que se iban calentando a un lado y al otro del espectro.

Perdón por el clickbait; no estamos hablando de Cataluña. Hablamos de 1931 y se acaba de aprobar el Sufragio Femenino Universal. Delante de nuestros ojos tenemos una foto en blanco y negro, que a primera vista parece antigua y oxidada. Pero si se observa de cerca, las figuras se mueven como en los periódicos de Harry Potter, y la paleta de colores va apareciendo ante nuestros ojos con unos matices más que actuales.

Sufragistas españolas en 1931

El paso de los años nos obliga a narrativizar nuestra Historia para poder aferrarnos a ella, y que no se nos pierda en el océano de los libros y las crónicas. Condensar y poetizar es inevitable y necesario, como también lo es revisar esos cuentos de vez en cuando, compararlos con los datos objetivos que tenemos y reescribirlos si hace falta, para que el espíritu de las cosas se mantenga tan vivo como sea posible. El cuento de Clara Campoamor vive en nuestra memoria colectiva, pero está tan simplificado que se nos escapan las mismas razones que la llevaron a ser el referente que es hoy en día. Casi todo el mundo sabe lo que consiguió, pero casi nadie recuerda los matices de un temario de instituto aburrido, que son los que convierten una fabulita corta con moraleja fácil en una epopeya de dimensiones hercúleas.

Dice el filólogo Nacho Iribarne (@vanfunfun), que dedicarse a la Historia es como saber que hubo una pelea en un concierto multitudinario hace cincuenta años e intentar averiguar quién empezó la trifulca y por qué. Pero en algunos casos, y con un poco de suerte, las peleas no son anónimas ni los escenarios son indefinidos. Además contamos con la ventaja de que los animales políticos suelen tener la costumbre de dejar por escrito su versión de los hechos.

En 1931 el abanico político era mucho más amplio de lo que es ahora. Claro que también se trataba de una legislatura unicameral, que el número de votantes era la mitad que hoy en día, y que las restricciones para el sufragio no eran pocas. Aun así, después de las elecciones generales del 31, en la recién estrenada II República, al menos 470 diputados (120 más que en la actualidad) se dividían el hemiciclo en veinticinco grupos parlamentarios. Más de la mitad de estos grupos tenía menos de un uno por ciento de los escaños, puede que en lo que ahora llamaríamos “Grupo Mixto”.

Si hacemos zoom en la bancada del Partido Republicano Radical, una formación de ideologías oscilantes presidida por Alejandro Lerroux, que terminó escorándose hacia la derecha a mediados de los años treinta, encontramos sentada a Clara Campoamor por la circunscripción de Madrid. Es el día 1 de Octubre y se acaba de aprobar el voto femenino. Ha contado con el apoyo de casi todo el Partido Socialista, buena parte de la derecha, Esquerra Republicana y de pequeños grupos parlamentarios de corte liberal y republicano. Han estado en su contra casi todos los partidos de izquierdas y de centro, incluyendo a su propio partido, donde nadie la respalda, con la excepción de cuatro compañeros.

El Partido Radical Socialista se opone al sufragio femenino, y Victoria Kent, sentada entre sus filas, cuenta una derrota. Son las dos únicas mujeres entre casi medio millar de hombres, y durante meses han discutido apasionadamente sobre la cuestión que hoy se ha votado. Han mantenido posiciones opuestas. Dentro de dos años volverá a haber elecciones, las dos perderán sus escaños y Lerroux será presidente. No mucho tiempo más adelante, Campoamor enviará una carta a su jefe político comunicando su dimisión del partido después de que Lerroux se subordine a la derecha y protagonice uno de los episodios de represión más cruentos de la historia de la República.

Clara Campoamor no es un personaje olvidado, pero sí infravalorado. Lo importante, lo verdaderamente importante del legado de Campoamor, no reside tanto en los resultados de su lucha (que también, por supuesto), sino en las motivaciones que la dirigían. De dichas motivaciones podemos extraer una enseñanza que es tan elemental como necesaria, y que ya entonces había sido formulada públicamente por las sufragistas norteamericanas a través de la boca de Susan B. Anthony: las mujeres somos personas. Lo elemental de la enunciación la hace parecer incluso irónica, pero el simple hecho de que esa obviedad tuviera que ser arrastrada hasta los parlamentos nos habla de que no es una verdad universal para todo el mundo.

 

Habiendo dos mujeres en nuestro hemiciclo republicano, las dos de izquierdas, cabría esperar que ambas reclamasen para sus compañeras ciudadanas los derechos que por nacimiento les tendrían que haber sido concedidos. Y sin embargo, Victoria Kent, desde las filas del socialismo independiente, se oponía, con matices, a la legalización del voto femenino. Y lo cierto es que sus razones, a pesar de estar erradas desde una perspectiva de feminismo radical (que era la perspectiva Campoamor), son comprensibles si se miran desde la óptica de los años treinta, desde un régimen político liberal recién estrenado, y, sobre todo, desde un interés partidista.

 

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El razonamiento era relativamente sencillo: el derecho a voto no sirve de nada si las mujeres no tienen libertad de pensamiento. Muchos sectores de la izquierda sostenían que el sufragio femenino se convertiría en un reflejo de los votos de los curas, y eso, en una era política fuertemente marcada por el anticlericalismo (que ya venía gestándose desde las desamortizaciones iniciadas a finales del XVIII) supondría sin duda un revés para la República, que, respetando su condición de democrática, no tendría otro remedio que cederle el poder a los partidos monárquicos, de derechas y católicos que saldrían sin duda elegidos de tener las mujeres acceso a las urnas.

Y es aquí cuando el debate se pone interesante. Los ejercicios titánicos de paciencia que tuvo que hacer Clara Campoamor cuando le decían barbaridades como que las mujeres no debían votar porque eran débiles en la mente, o que el sufragio femenino acabaría con el modelo de familia tradicional, no suponían en realidad mucho esfuerzo intelectual. Lo que un político machista de principios del siglo XX pudiera opinar sobre las ideas de Campoamor nos lo podemos imaginar con facilidad, y no merece demasiado la pena prestar atención a quien defiende abiertamente que las mujeres deben estar en la casa y los hombres en la calle. Es el debate que se mantuvo con los diputados de izquierdas lo que nos puede llamar la atención cuando comparamos esta foto analógica con nuestros selfies llenos de filtros.

Porque es una contradicción en sí misma que un partido de izquierdas que quiere ser moderno, liberal y defensor de la clase trabajadora en su conjunto niegue un derecho fundamental a la mitad de la población.

«Las mujeres echarán por tierra todos los avances que se están consiguiendo.

Las mujeres devolverán el poder al clero.

Las mujeres tendrán más derechos si no participan en las votaciones; ya se los otorgaremos nosotros.

Las mujeres no son republicanas».

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Esa contradicción entre querer ser justo y tener miedo a la justicia se terminó resolviendo con la siguiente concesión por parte de Kent: “apoyaré el voto femenino cuando las mujeres demuestren su lealtad a la República”. Y ahí es cuando Campoamor saca la artillería pesada, el argumento de los argumentos, el axioma que dirige su lucha feminista (las mujeres somos personas). Y responde a los izquierdistas reticentes:

A los hombres nadie les ha pedido ninguna prueba de lealtad.

Campoamor tenía datos como para demostrar que había habido pruebas más que suficientes de que un sector importante de las mujeres era republicano. Ella era de izquierdas y profundamente republicana. Creía, tenía fe en el nuevo sistema que acababa de nacer, pero también sabía algo que los demás solo intuían: que las mujeres tenían derecho a votar a las derechas, que tenían derecho a ser conservadoras, católicas, reaccionarias. No es que ella así lo quisiera, es que sabía que entre el género femenino había la misma diversidad ideológica que en el masculino. Y si dar el voto a las mujeres significaba que la República se escoraba hacia la derecha, así habría que aceptarlo igual que aceptaríamos la decisión de los hombres, que para eso somos una democracia. 

 

El problema era que un sector de la izquierda veía el voto femenino como un favor que las mujeres tenían que devolver. Y eso fue la idea que ella rebatió, una y otra vez, incansablemente: el voto femenino sólo es ponerse al día con la naturaleza de la justicia humana. No es ningún favor. Reconocer política y legalmente a las mujeres como ciudadanas de pleno derecho no es ningún favor.

Clara Campoamor no era la única que defendió el derecho a voto de las mujeres, y por eso la iniciativa salió adelante. Y Victoria Kent no era la única que se oponía al derecho a voto de las mujeres, por eso Campoamor tuvo tantos enemigos políticos, y perdió su escaño en las elecciones de 1933. Ambas lo hicieron.

Cuando salieron elegidas las derechas, todos los ojos resentidos se volvieron hacia ella. Como si en el resultado final de aquellas elecciones no hubiera influido el hecho de que los partidos de derechas se presentaron en bloque mientras que la izquierda se presentó dividida (al contrario que en las elecciones del 31). Tal y como si no hubiese habido una fuerte campaña de abstencionismo por parte de los anarquistas. Como si los hombres no hubieran votado en estos segundos comicios nacionales.

Clara Campoamor mantuvo una coherencia ideológica envidiable y admirable durante toda su vida. Cuando abandonó el Partido Radical (su carta de renuncia se considera una obra de arte), todos los otros partidos de izquierdas le cerraron la puerta. Entonces escribió Mi pecado mortal: el voto femenino y yo. Difícil es leer ese libro y no darle la razón en casi todo. Es lo que ocurre cuando se parte de una premisa irrebatible que se mantiene hasta las últimas consecuencias. Cuando se entiende que hay ciertas cosas que no admiten matices, no admiten peros y no admiten demoras, por mucho que eso perjudique los intereses propios. Clara lo sabía; y así lo escribió, y así lo hizo. Las mujeres somos personas.

Artículo realizado por Alicia Rubio Chacón. en colaboración con Ignotocracia

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