De cuando los dos extremos del mundo coincidieron

Hay veces que la Historia, en su lectura o estudio, puede llegar a ser un auténtico suplicio de información inconexa. Incluso parece que, a aquellos lectores que se han acercado un tiempo a ella, se nos arroja montones de cajas llenas de acontecimientos, personajes y fenómenos que, más allá de la famosa relación “causa-efecto”, poco o nada tienen que ver con alguno de los otros fenómenos contados al mismo tiempo. Sin embargo, hay otras veces que solo necesitamos coger una lupa y ordenarlos un poco todos. Y si nos ponemos, incluso, a quitarles el polvo, podemos llegar a encontrar muchas y muy interesantes coincidencias entre todos los trastos, restos y huellas dejadas, desordenadas por la humanidad.

Así, podemos utilizar un clasificador básico: la coincidencia. Las coincidencias cronológico-temporales en espacios que nada, aparentemente, tienen que ver entre sí. Esto es algo a resaltar por, cuanto menos, lo curioso que puede llegar a ser a poco que se nos mueva el gusano de la curiosidad para atrevernos a encontrarlas nosotros mismos. A algunos, quizás, nos lleva no pocas veces a una reflexión del tipo: “¿Existirá un destino que elija, deliberadamente, la coincidencia de grandes fenómenos? ¿Acaso la Historia juega con los acontecimientos humanos a lo largo de los siglos para dejarnos guiños a aquellos interesados en conocerla, o, simplemente, nos toma el pelo?”. Y nada más lejos de la realidad, por muy poético que suene, muchos estamos seguro de que tal destino no existe (al menos, de este tipo). Sin embargo, muchas de estas coincidencias son las que nos ayudan a recordar hechos, fenómenos o personajes concretos, en contextos que nada tienen que ver entre sí. Por ello, a continuación, vienen toda una suerte de coincidencias que, cuanto menos, me parecen dignas de mención:

Rey D. Sebastián I de Portugal (1574) por Cristobal de Morales. Museo Nacional de Arte Antiguo de Lisboa.

Menuda coincidencia histórica que allá por 1580, un tal Felipe II de Habsburgo, rey de Castilla, Aragón, las Indias Occidentales, Italia, Flandes, y un largo etc., pasara a convertirse también en Felipe I de Portugal a consecuencia de un hecho muy particular. Y es que, Sebastián I de Portugal, su primo, le había pedido expresamente un préstamo económico con el que atajar la amenaza musulmana del norte de África, y tras su fracasado y triste intento de cruzada contra el infiel en Marruecos, ante las tropas del sultán Saadí Abd al-Malik (mismo nombre que el quinto califa Omeya, constructor de la emblemática Mezquita de Omar o Cúpula de la Roca, en Jerusalén, otra coincidencia), perdía la vida en la famosa batalla de Alcazalquivir. Su cuerpo, nunca fue hallado. Sin heredero al trono, sin recursos económicos y sin éxito cruzado, Portugal parecía abocada a la desaparición. Hubo muchos sectores de la población, incluso, que se aferraron al “sebastianismo”, una profecía místico-secular que aseguraba que el rey aún estaba vivo, y que volvería en el momento preciso para recuperar su trono y expulsar a cualquier usurpador extranjero (¿de ahí su apodo “el deseado”, u otra coincidencia?). Por su parte, la regente Catalina de Austria (hija de Felipe el Hermoso, tía, por tanto, de Felipe II) y las Cortes, prefirieron ser pragmáticas y buscaron rápidamente un sustituto al trono lo más directo posible al rey desaparecido, de la dinastía Avís, hasta entonces reinante. Así fue como la corona le calló como una losa en la cabeza de Enrique I, “el rey cardenal”, un hombre de la alta jerarquía católica de avanzada edad, algo enfermo, que, hasta entonces, creía haber entregado su vida a la voluntad divina, y a raíz de la misma, quizás, tuvo sin embargo que reordenarla hacia el mundo terrenal, hasta el punto de contraer rápidas nupcias y tener que engendrar un heredero (¿sería su primera vez, o una coincidente voluntad divina de yacer con una mujer?). Pero por muchos esfuerzos, nada de nada. El rey anciano, por mucho que pudiera haberse esforzado, no fue capaz de cumplir con su obligación nupcial, y en 1580, fallece.

Portugal seguía sin un rey en su trono, y es en esta ecuación donde entra nuestro Felipe II, quien ya contaba con cierta colaboración y partidarios dentro de la Corte lusitana a su favor, como medida desesperada, e incluso, beneficiosa, de consumar tal unión ibérica. Bastaron unos cuantos cañonazos desde la mar, una movilización militar de ocupación y la derrota de la competencia dinástica, protagonizada por el bastardo lusitano Antonio Prior de Crato, para hacer que Lisboa capitulara. En 1581, coincidiendo el año con la declaración de Independencia de Holanda y su desvinculación con la Monarquía Hispánica (que tantos dolores de cabeza trajo a los monarcas de este país hasta Westfalia), Felipe I era reconocido por las Cortes de Lisboa como rey, y acababa con tal frenesí de acontecimientos caóticos. Esto, igualmente, significó la anexión del enorme imperio comercial lusitano (al menos, oficialmente), que, además de África y Brasil, abarcaba todos sus emporios en Asia (Calcuta, Macao, Molucas, y, por supuesto, Nagasaki).

Y por muy exitosa que parezca la gesta, lo cierto es que entre 1580 y 1620, la historiografía reciente coincide en que se inician los primeros síntomas que preludian la futura crisis del siglo XVII y el ocaso de la Monarquía Hispánica, ante las continuas bancarrotas económicas, falta de solvencia fiscal, una política exterior expansiva, como vemos, desenfrenada, y, en definitiva, un imperio inabarcable e insostenible.

Y menuda coincidencia, porque ¿quién podría imaginarse que fue precisamente entre 1580 y 1620 cuando, en un archipiélago de más de un millar de islas, con una superficie mayor que la de Gran Bretaña, situada en la punta contraria del mundo a nuestra Península Ibérica, un país llamado “ni” (sol) [] “hon/ppon” (origen) [], es decir, Japón, protagonizaba igualmente su propia consolidación territorial, tras el fin del llamado período “sengoku” [戦国時]? En este caso, el frenesí japonés se palpaba en los cambios político-económicos, militares, culturales e institucionales generados, en gran medida, por los contactos con los extranjeros portugueses y jesuitas, tanto a nivel comercial como cultural, que daría para otro artículo. Pero, quizás, donde dicho frenesí de cambios se hizo más patente, fue en el traumático asesinato del organizador y cabeza de tal unificación político-territorial: Oda Nobunaga [織田 信], en plena lucha por subyugar a uno de los clanes que se resistían a dicha homogenización política, el clan Mori, era asesinado por su más cercano y confiado amigo, Akechi Mitsushide [明智光秀], en su castillo de Azuchi.

Retratos de izquierda a derecha: Oda Nobunaga y Toyotomi Hideyoshi. (Fuente: www.culturamas.es).

Esto conmocionó a los daimios (señores feudales del Japón) de los territorios, tanto a los sometidos como a los aún en rebeldía. Toyotomi Hideyoshi [豊臣秀], que se encontraba batallando contra los enemigos de su recién difunto señor, y como fiel vasallo que era de Nobunaga, jura venganza por su muerte. Nuestro siguiente protagonista, Hidoyoshi, puede ser considerado, si se me permite la licencia, como el vivo ejemplo del “American Dream” que hoy nos venden en todos sitios: “un hombre hecho a sí mismo”. De origen campesino, se marchó de casa a los 16 años, hasta ponerse, tras infinidad de peripecias, al servicio del clan Nobunaga. Ahí, destacó por su habilidad con la katana como samurái en numerosas batallas que le granjearon la admiración de sus compañeros y, más aún, la ascensión catapultada en los peldaños militares y, por tanto, sociales, haciéndolo un hombre cada vez más ambicioso. Tan ambicioso, que para 1586 había conseguido cumplir su venganza, matar al asesino de su señor, ser nombrado “primer ministro” tras desplazar al sucesor y sobrino de este, Oda Nobukatsu [織田信], poner a un emperador adolescente títere a su servicio, y consolidar así el sueño que Nobunaga no había logrado: la unificación de Japón. Y si bien parece que lo acabado de narrar suena a sinopsis sacado del cine de Kurosawa, lo cierto es que esto, querido ignotócrata, es Historia.

Para entonces, Hideyoshi comenzó toda una serie de reformas sociales y administrativas para solidificar los estamentos y la vida cultural en su recién unificado Japón y, si bien había afirmado, gracias a los contactos con los padres jesuitas, comerciantes y embajadores ibéricos que quería “tener amistad con el rey de España, y con los españoles, porque me gusta esta gente de tanta sinceridad y de valor tan alto”, lo cierto es que la evangelización cristiana chocaba frontalmente con los intereses políticos del daimio nipón, especialmente, en lo que al reconocimiento de una autoridad superior se refiere (el papa), máxime cuando los propios jesuitas profesaban dicha obediencia absoluta en su cuarto voto. Por su parte, los intereses económicos del Japón también estaban amenazados, sobre todo teniendo en cuenta que los jesuitas, muy en su línea, gozaban ya de un amplio patrimonio territorial, impositivo e infraestructural, en muchos casos, con el favor de otros daimios que se habían cristianizado con tal de disfrutar de las ventajas económico-comerciales que traía la amistad con los ibéricos.

Así mismo, la población campesina no tenía cabida en la tradición sintoísta, más allá de relaciones e historias éticas y mitológicas con sus Dioses, pero sin ningún papel preponderante durante la vida o la muerte por su condición social, a excepción del errante desplazamiento de sus almas, que dependían de la honra de sus familiares. Sin ofrendas o memoria, las almas de estos campesinos podían estar perdidas. Por otra parte, el campesino tampoco podía llegar a comprender bien cómo alcanzar la iluminación de tradición budista, o entender los preceptos confucianos de muchos mones, que aún luchaban por consolidarse. Por el contrario, muchos campesinos eran educados al abrigo de los padres cristianos evangelizadores en la esperanza de que todo su sufrimiento en vida sería recompensado tras su muerte con la vida eterna, gracias al sacrificio en la cruz de un Dios-hombre (hipóstasis) llegado desde Occidente, si seguían sus enseñanzas. Todos eran sus hijos, incluido ellos, que jamás habían escuchado hablar de él antes. Y aun sin comprender eso de la Trinidad, eran argumentos suficientes para anexionar neófitos verdaderamente fervientes.

Para más inri, no fueron pocos los jesuitas que debatieron con monjes budistas cuestiones sobre el mundo, la veracidad de sus religiones respectivas y un sinfín de cuestiones metafísicas solo comprensibles para aquellos hombres entregados a la vida espiritual. El problema, es que, en contadas ocasiones, los jesuitas conseguían salirse con la suya y acababan refutando teológicamente a los monjes budistas más sabios. Baste ejemplificar el caso del monje budista ciego de veinticinco años, de enorme admiración y reconocimiento por sus contemporáneos, que acabó convencido por la retórica y elocuencia de los padres jesuitas y se convirtió al cristianismo. Su nombre original se desconoce, pero fue bautizado como “Lorenzo”. Fue entonces cuando comenzaron los problemas y desencuentros entre hispanoportugueses y japoneses, desde 1587 hasta el final de su gobierno: prohibición del cristianismo, persecuciones a cristianos clandestinos, ajusticiamiento de cristianos (véase el galeón de San Felipe), control de Nagasaki y su comercio (hasta entonces, administrado por los jesuitas), amenazas con invadir Filipinas si esta no le rendía vasallaje y reconocía como señor… Todo esto, desde 1587, coincidía con los sucesivos desastres españoles en Europa (la Gran Armada ante los ingleses, decadencia de la industria castellana, nueva quiebra de la Hacienda Hispánica, etc.). En definitiva, toda una serie de medidas que venían a fundamentar la autoridad del señor de Japón quien, según un padre jesuita, en una carta enviada a la embajada española de Filipinas (puerta de Asia para la Monarquía Ibérica), afirmaba que “Cuando yo nací, me dio el sol en el pecho, y esto es milagro. Y esto da a entender que soy hombre que de todos los reinos me habían de dar la obediencia y habían de venir a humillarse a mi puerta. Y si no lo hiciesen, los mataré a todos con guerra”. El campesino hecho así mismo, se había transformado en un descendiente providencial de los Dioses, destinado a conquistar el mundo. Qué ironía, sin embargo, fue el hecho de que hasta los Dioses y monarcas más poderosos mueren.

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Grabado de la crucifixión de los veintiséis mártires de Japón (1597). Uno de los ejemplos de la gran persecución y acoso a la que se vieron sometidos los cristianos que no descansaría hasta, prácticamente, el siglo XIX (Fuente: www.gaudiumpress.org).

Y es que, para coincidencia irónica con la que quedarnos para cerrar esta primera parte de nuestra historia, es la fecha de 1598, año en la que, predestinado por el guiño de la Historia o no, ambos territorios antagónicamente localizados en la geografía mundial, tiemblan por un hecho común: la muerte tanto de Felipe II de Habsburgo, rey de Castilla, Aragón, las Indias Occidentales y Orientales, Flandes, Portugal, etc., como de Toyotomi Hideyoshi, señor de Japón, campesino iluminado por la gracia de los Dioses o, si acaso, por el espíritu de autorrealización liberal, de forma excesivamente precoz. De la segunda parte, entre 1598 y 1620, serán otros pocos los guiños que la Historia nos dejarán y que, espero, disfrutéis conmigo.

Artículo realizado por Álvaro J. Núñez, historiador, en colaboración con Ignotocracia.

 

BIBLIOGRAFÍA:

See Also

BOXER RALPH, Charles (1991), The Portuguese Seaborne Empire: 1415-1825, Carcanet.

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HANE, Mikiso (2011), Breve Historia de Japón, Alianza.

SECO SERRA, Irene (2012), Historia Breve de Japón, Sílex.

SOLA, Emilio (1999), Historia de un desencuentro. España y Japón (1580-1614), Fugaz Ediciones.

WHITHNEY HALL, John (1978), El Imperio Japonés, Siglo XXI.

TAKIZAWA, Osami (2010), Historia de los jesuitas en Japón, Universidad de Alcalá.

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