Darwin quiere que llames a tu abuela

Dice Charles Darwin en El origen de las especies que “existen organismos que se reproducen y la progenie hereda características de sus progenitores (…). Entonces aquellos miembros de la población con características menos adaptadas (según lo determine su medio ambiente) morirán con mayor probabilidad, y aquellos miembros con características mejor adaptadas sobrevivirán más probablemente”. La selección natural, y su consiguiente evolución. Esto es lo que, de toda la vida, hemos simplificado erróneamente como que, en la naturaleza, “sobrevive el más fuerte”. Como sociedad, hemos pasado de rechazar las ideas de Darwin a repetirlas y retorcerlas hasta que pierden su sentido original, porque, ¿qué son la evolución y la selección natural? 

Revisitando a Darwin.

Supongamos que tenemos un grupo de cinco jirafas: dos machos y tres hembras. Ahora, un entorno: vamos a imaginar una sabana en la que las acacias (los árboles cuyas hojas comen las jirafas) son especialmente altas. Son acacias altísimas. Fijémonos en los machos: por casualidades genéticas (lo que llamamos “mutaciones”), Tiburcio nació siendo más rápido, mientras que Rotorio nació con un cuello más largo de lo normal. Uno de los dos vivirá más tiempo que el otro, pero ¿cuál? Puede que el cuello extra largo sea especialmente conveniente para alcanzar la comida, pero quizá llegue una manada de leones a la zona y la rapidez se convierta en algo imprescindible para sobrevivir. Dependiendo de las condiciones del entorno, alguno de los dos individuos (al igual que las hembras, por cierto) tendrá un rasgo que le permitirá mantenerse vivo durante más tiempo.

Y esto significa dos cosas: una, el que más tiempo sobreviva, más tiempo tendrá de aparearse, y dos, hay mayores probabilidades de que las hembras prefieran aparearse con este individuo para que sus jirafitas también sean muy rápidas o cuellilargas. Dentro de un par de generaciones, si aquel rasgo distintivo ha resultado ser provechoso para la supervivencia, lo más probable es que lo hayan heredado la mayoría de los individuos de este grupo.

Pongamos que lo que ocurrió en este caso fue que no apareció ninguna manada de leones: Rotorio, con su cuello extra largo, ha sobrevivido a Tiburcio, porque ha tenido mejor acceso a la comida. Además, el pobre Tiburcio, que ha muerto a causa de la desnutrición y los parásitos, deja atrás una sola cría, mientras que Rotorio es el padre de todas las demás. Esto es la selección natural. Cuando, dentro de dos generaciones, todas las jirafitas tengan el cuello extraordinariamente largo del bisabuelo Rotorio, estaremos hablando de evolución.

Acabamos de describir un fenómeno natural que no necesita de nada más que de la presencia de seres vivos para darse. Y, sin embargo, nosotros, los humanos, no le hemos puesto freno a la selección natural pero en cierto modo sí parece que la hemos domesticado. Como no podemos controlar las mutaciones genéticas, nos hemos hecho cargo de la otra variable: el entorno. Hoy en día no importa cuál de nosotros sea más rápido o tenga el cuello más largo: nuestras características físicas no suponen una amenaza o una ventaja para la supervivencia, porque para sobrevivir nos servimos de la tecnología, y a la tecnología no le importa si la persona que compra la manzana tiene una rapidez extraordinaria o un cuello anormalmente largo.

Entendemos que el sistema en el que vivimos no debe hacer distinciones en función de la adaptabilidad física al medio. De hecho, aceptamos que un estado de bienestar debe de prestar más ayuda al menos adaptado (algo inusual en la naturaleza). Es lo que, al menos hasta hace poco, entendíamos como igualdad de oportunidades. Y, sin embargo, es también el propio sistema (el capitalista, en nuestro caso) el que nos aleja y nos incita a resistirnos a aquello para lo que estamos “diseñados”. Pero, ¿es que acaso estamos diseñados para algo? Para responder a esta pregunta un poco capciosa hay que remontarse un cuarto de siglo.

En 1994, un grupo de arqueólogos españoles encontró una dentadura humana en el yacimiento de Atapuerca, Burgos. Después de tres años de estudio y comparaciones con otras dentaduras, se llegó a la conclusión inevitable de que el individuo que alguna vez batió aquella mandíbula no fue Neandertal ni tampoco Homo Erectus: tenía que ser un eslabón intermedio en la evolución de la especie humana. Se le llamó Homo Antecesor (que en latín significa «el explorador», o » el primero en llegar»), y es considerado, desde entonces, el humano más antiguo de la Península Ibérica.

En Atapuerca se encontraron (y se siguen encontrando a día de hoy), numerosas muestras de restos humanos. Y una de las piezas más importantes de ese yacimiento, también encontrada en 1994, es ‘Elvis‘: una pelvis completa que se encontró casi intacta.

Lo que ‘Elvis’ nos cuenta es lo siguiente: es más amplia que las pelvis del Homo Sapiens, y sin embargo es más estrecha que las pelvis del Homo Habilis o el Homo Erectus. Dice Arsuaga, uno de los directores de la excavación de Atapuerca, que cuanto más ancha es la pelvis, mayor es la fuerza del individuo (mayor es la amplitud de la espalda, y mayor la fuerza muscular). Es decir, que cuanto más atrás nos vamos en la evolución del ser humano, más robustos eran los especímenes. Nuestros tataratataratataratatarabuelos Habilis eran como el doble de fornidos que nosotros.

Tal y como hemos visto, según Darwin, tiende a reproducirse el individuo mejor adaptado al medio, y son sus características físicas las que son heredadas por las siguientes generaciones. ¿Por qué entonces en la evolución humana han “ganado” las pelvis estrechas, si debían ser más débiles que las pelvis anchas? ¿No se supone que la naturaleza tiende siempre a evitar semejantes vulnerabilidades? Una pelvis más ancha supondría un menor erguimiento y menos eficacia para caminar, sí, pero también un menor riesgo en el parto, mayor fuerza física, menos tiempo de recuperación… eso por no hablar del cachorro humano: a mayor tiempo de gestación, menor desprotección al nacer. Eso lo seguimos viendo hoy y lo seguiremos viendo siempre: un bebé prematuro de siete meses de gestación es infinitamente más vulnerable y frágil que uno que nazca en la semana cuarenta de embarazo.

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Los humanos somos de los pocos mamíferos que nacemos completamente desprotegidos: no podemos movernos ni comer con autonomía. Ni siquiera tenemos desarrollados todos los sentidos. Y eso es porque nacemos «a medio hacer». Y la razón no es otra que, si nos quedáramos en el útero de mamá hasta estar completamente formados, no cabríamos por el canal de parto, porque la pelvis de nuestra especie se ha ido estrechando cada vez más.

Entonces, ¿qué sentido evolutivo puede tener el «perder» amplitud en la pelvis? ¿Es que acaso sacrificamos esa fortaleza individual sólo para poder caminar rápido y erguidos? Pues no. Sacrificamos la fortaleza individual a cambio de la fortaleza de grupo. La estrechez de la pelvis supone una pérdida de robustez pero nos hizo ganar eficiencia bioquímica.

Y es que, en el caso de la especie humana, hay que darle un giro al amigo Darwin: aquí no sobrevivió el individuo más fuerte, sino el grupo más fuerte. Nuestros bebés nacen a medio hornear, pero a la naturaleza eso le parece chachi porque sabe que nos tenemos los unos a los otros.

Literalmente, hemos evolucionado hasta tener unas características físicas que hacen imprescindible la cooperación si queremos sobrevivir. Quizá, si hubiéramos seguido el camino de la pelvis ancha y las espaldas fuertes, las hembras humanas tendrían dieciocho meses de embarazo y darían a luz a bebés que andan, buscan la teta y se echan a dormir ellos solos, y entonces no nos haría tanta falta vivir en comunidad.

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Somos los primates más débiles, y sin embargo nos creemos que nuestra supervivencia ha sido posible gracias a nuestro raciocinio, cuando en realidad nuestra supervivencia como especie ha sido posible, literalmente, gracias a… TU VECINA.

Gracias a la comunidad. Gracias al que está al lado, que ha sacrificado su cuerpazo de simio para ponerse muy recto sobre dos patas, y así poder ver más lejos en la llanura, a ver si viene el león. Y, si lo ve venir, aunque tenga poco músculo, tiene unas caderitas estrechas y estupendas para ir corriendo contigo en brazos diez veces más rápido que sus antepasados más fuertes, quienes, quizá, se habrían quedado a luchar contra el león.

En Atapuerca se encontró otra cosa que no se suele dar en la naturaleza: individuos mayores. Individuos que, al igual que los bebés, no habrían podido sobrevivir solos. Ni hace medio millón de años, ni ahora. Aquí no sobrevive solo ni el bebé, ni el adulto, ni el viejo. Aunque hayan cambiado el entorno y las necesidades, siempre nos ha hecho y siempre nos hará falta el grupo. Cuando decimos la frase “el ser humano es un ser social” no entendemos la extensión de su significado. Y aunque hoy todo sea diferente y cada vez nos cueste más trabajo encontrar las analogías, cuando nos pongamos los pantalones por la mañana debemos recordar que estamos hechos para erguirnos mientras el que está al lado duerme, y hacer guardia por si viene el león.  

 

Artículo de opinión realizado por Alicia Rubio Chacón en colaboración con Ignotocracia.

Inspirado por Darwin, C. (2016). El origen de las especies (Anotado).

View Comments (2)
  • Excelente reflexión. ¡¡¡Bravo Ali!!! Me hizo reflexionar mucho sobre mi misma: estrecha de caderas, bajisima altura, tipo ojota para huir del peligro, fuerza cero y encima antisocial. ¿Por qué habré sobrevivido? Les voy a dejar un buen dolor de cabeza a los a antopologos dentro de miles de años.

  • Precioso articulo, me sorprendió gratamente, viene hablando de Darwin y hay un giro cuando pasas de imaginar ese hombre gigante,robusto, y una mujer pariendo un ser, un niño ya de 18 meses autosuficiente y me llevó a lo increible y mágico q es parir un ser, un bebé de 9 meses,con su vulnerabilidad y ese necesidad de protección y entonces para mí ahí nace el amor,el respeto x la vida q nos hace tender redes y darse la mano para cruzar comienza desde el nacimiento mismo.N o somos islas somos continente. Gracias Ali,no seriamos nada sin la ayuda de los demás.

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