¿Cuándo acabó la Segunda Guerra Mundial?

Los límites entre la justicia y la injusticia


La Segunda Guerra Mundial provocó grandes secuelas que sumieron a Europa en una atmósfera de miseria y desolación; no solo a soldados sino también a millones de civiles. Esta guerra comenzó con la invasión de la Alemania nazi de Adolf Hitler a Polonia en 1939 (aunque la guerra sino-japonesa ya había comenzado en el Pacífico dos años antes) y acabó con la rendición alemana en 1945. Pero, ¿eso es todo?

Gracias a una exhaustiva revisión histórica sabemos que fue una contienda bélica que supuso una durísima experiencia civil en los países ocupados por los nazis ya que el combate formal entre frentes solo se dio al comienzo y final del suceso. En él hubo fases de ocupación, represión, explotación y exterminio, fusionando la vida cotidiana de soldados, policías y tropas con la vida de muchos civiles.

Si bien fue un recuerdo de la Guerra de los Treinta Años, que asoló el interior de Europa en el siglo XVII, en la segunda gran contienda se implicaron más países que nunca en todo el mundo y destaca su intensidad por el trato de las poblaciones sometidas. En dicho periodo, los Estados explotaron su capital y todos sus recursos para ganar la guerra.

Alemania pudo sustentarse, especialmente en los últimos años de la contienda, no solo a través del saqueo de las economías de los países víctimas, sino también a través del trabajo forzado de dichas poblaciones y de sus recursos materiales. Tanto es así que la población civil alemana no sufrió las consecuencias de la guerra hasta el último año, cuando las ofensivas rusas comenzaron a destruir masivamente las ciudades, con casi 40.000 toneladas de bombas en los últimos catorce días del conflicto, como ocurrió en Berlín.

En países como Francia, Gran Bretaña, Holanda o Bélgica, los terribles resultados eran visibles a simple vista: las ciudades y los campos destrozados, el transporte y las comunicaciones interrumpidas y las flotas hundidas fueron las primeras consecuencias visibles de la Segunda Guerra Mundial. Pero la verdadera brutalidad de la guerra se vivió en Europa del Este, en países como la antigua Unión Soviética, Grecia o Polonia, donde las actuaciones alemanas fueron atroces, donde cientos de miles de pueblos, ciudades, fábricas, bosques y vías ferroviarias fueron destrozadas.

Sin embargo, todo esto es insignificante si lo comparamos con las pérdidas humanas. Las estimaciones rondan entre 50-60 millones de muertes. La versión optimista calcula unas 40 millones de defunciones; la pesimista alcanza las 100 millones. La gran mayoría de ellas, muertes civiles. Ningún otro conflicto de la historia ha ocasionado tantas muertes en un periodo tan breve.

Esto, además, trajo consigo otra consecuencia inmediata: un desequilibrio entre hombres y mujeres que tardaría bastante en compensarse. Así, la economía comenzó a depender en gran medida de las mujeres, hecho que cambiaría, por otro lado, el cauce de los derechos y la vida de muchas de ellas. Pero estas también sufrirían doblemente la guerra, ya que, por poner un ejemplo, solamente en Viena los médicos informaron de que unas 87.000 mujeres fueron violadas por los soldados rusos. De igual modo y para evitar una única visión de los hechos, ha quedado demostrada la participación de todos los países beligerantes en la comisión de violaciones sistemáticas por parte de sus soldados.

Tras el paso de la guerra, por tanto, la población tuvo que comenzar a sobrevivir a sus consecuencias: el hambre y las enfermedades (tuberculosis, tracoma, contaminación del agua, desnutrición, raquitismo, etc.). A esto se le suma la crisis de refugiados. Europa trató de hacer una repatriación masiva de toda la población con la ayuda de la UNRRA (Administración de las Naciones Unidas para el Auxilio y la Rehabilitación) y la IRO (Organización Internacional para los Refugiados). La primera de ellas fue fundada en plena guerra -1943- y disuelta en 1947. Por tanto, en un principio no era parte dependiente de la ONU puesto que aún no existía, sino simplemente un programa subvencionado por EEUU, Reino Unido y Canadá para gestionar campos de refugiados en el continente.

Como remarca el historiador Tony Judt (2006):

“En un curso de media docena de años, el trabajo de los gobiernos militares aliados y los organismos civiles de las Naciones Unidas en un continente herido, resentido y empobrecido, consiguió repatriar y reasentar a muchos millones de personas desesperadas procedentes de todo el continente”.

El historiador británico Tony Judt (1948-2010)

Pero este proceso se complicó ya que muchos ciudadanos bálticos, ucranianos, croatas y soviéticos, entre otros, no querían regresar a sus países por miedo a las represiones que pudieran sufrir. Muchos fueron repatriados forzosamente, pero con el inicio de la Guerra Fría se convirtieron en refugiados políticos.

El castigo a los colaboradores comenzó antes de que la lucha finalizara, hubo tanto venganzas individuales como colectivas a través de organizaciones clandestinas de la resistencia. Esto se incrementó a través del oportunismo político y económico y llevó a otro sangriento periodo. En Francia, 10.000 personas fueron ejecutadas sin juicio previo, consecuencia que no sorprendió a nadie ya que estaba directamente relacionada con el hecho de que el ejército nazi solo necesitó 1.500 hombres para administrar Francia.  En palabras del propio ministro francés del momento, Édouard Herriot, “Francia necesitará pasar primero por un baño de sangre antes de que los republicanos puedan hacerse de nuevo con las riendas del poder”.

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¿Pero es realmente cierto esto? ¿Necesitaba la población más violencia para aplacar y superar la violencia y horror que habían vivido? Si es así, ¿cuándo acabó entonces la Segunda Guerra Mundial?

Ocurrió lo mismo en Italia con unas 15.000 muertes en los meses previos al fin de la guerra. También en Bélgica y Holanda. Gran parte de la población de estos países sabía que sus gobiernos, aunque no habían ofrecido ayuda directa a los nazis, habían sido cómplices de sus beneficios (por ejemplo, todas las tiendas, casas y propiedades de judíos que habían obtenido y de las que se habían beneficiado).

Las mujeres, por desgracia, también fueron castigadas acusadas de “confraternizar con el enemigo”, es decir, ofrecer sus servicios sexuales a cambio de comida o ropa. No se contemplaba que era la única forma de sobrevivir que tenían o que, en muchos casos, no prestaban sus servicios, sino que eran obligadas.

También fueron castigadas minorías étnicas en Polonia y Hungría, donde se focalizó la venganza popular. La línea entre la justicia y la injusticia cada vez se hizo más fina y difusa. Por un lado, en la mayoría de Europa se hizo la vista gorda a los asesinatos de la resistencia mencionados anteriormente, pero se empezaron a juzgar a miles de personas a través de un nuevo delito establecido en los códigos de justicia como “colaboración con las fuerzas de ocupación”.

En Holanda se envió a unas 100.000 personas a la cárcel, en Noruega se juzgó a unas 95.000 personas, en Bélgica se dictaron 2.940 sentencias de muerte, en Francia se dictaron otras 6.763 condenas de muerte, en Italia se investigaron a 394.000 funcionarios del Gobierno, en Checoslovaquia unas 19.888 personas fueron encarceladas, etc.

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A esto se sumó el debate alemán. En el imaginario común existía la idea de que el peso de la culpa debía recaer sobre los alemanes, pero los alemanes afirmaban que en su mayoría era víctimas que desconocieron lo que habían hecho sus líderes y que estaban sufriendo una venganza de los vencedores.

Y así se sucedieron un conjunto de soluciones imperfectas: “muchos hombres y mujeres eran injustamente señalados y castigados, aunque era mucho mayor el número de los que escapaban indemnes al castigo. La devaluación de la vida en tiempos de guerra hacía parecer menos extremas (y más justificadas) estas condenas” (Judt, 2006).

Todos estos datos llevan a plantearnos la complejidad de los términos justicia e injusticia, su significado y sus líneas rojas. Sin embargo, es poco realista pensar que se podría o podrá hacer justicia del todo ante hechos tan complejos y dolorosos, pues las guerras son injustas por naturaleza. En una contienda bélica, todos los bandos pierden ya que la gente muere, sufre, es humillada y castigada.

Y la utilización de la venganza como herramienta para solucionar o tapar los sucesos acaecidos no es en ningún caso la mejor opción. Es quizás mucho más difícil pero eficaz, educar a las personas, concienciar a las masas de lo que supone una guerra y tener siempre presentes que, como dijo el filósofo español (siempre mal citado) George Santayana “aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”.

Artículo redactado por Sofía Pérez Márquez, en colaboración con Ignotocracia.

Bibliografía

  • Judt, Tony (2006): “El legado de la guerra”, en: Postguerra. Una historia de Europa desde 1945.

  • Judt, Tony (2006): “El justo castigo”, en: Postguerra. Una historia de Europa desde 1945.

  • Lowe, Keith (2013). Continente salvaje. Europa después de la Segunda Guerra Mundial.
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